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En Stand By

Mi vida es vacía, pero sin embargo no la siento así.

Hago que mis días sean simples, llevaderos. Al final de la semana me doy cuenta de que ha sido otra semana más. Cumplo con mi vida. Respiro. Camino. Patino.

Me doy muchos gustos infantiles. Salgo a patinar por mi barrio, como si tuviera once años pero con patines de adulto. Me siento en el primer vagón del subte para ver el recorrido, los túneles, las subidas y bajadas, para ver llegar a las estaciones. Si quiero un pancho me lo compro. Si quiero una Coca me la compro. Me asombro todos los días laborables de la majestuosidad de la Plaza de Mayo; de vez en cuando corro alguna paloma. Juego con mi sobrino, me pierdo en los juegos. Me compenetro y me absorben. Jumanji.
Duermo toda la mañana y tomo chocolatada en desayunos y meriendas. Mezclo comidas, salteo otras. Vuelvo a dormir.

No leo libros ni apuntes. No escribo. No miro tele, no escucho radio ni saco el mp3. Últimamente tampoco escribo en mi blog ni uso Internet más que para chequear mails.
Es una involuntaria purificación del mundo exterior.

Siento a mi mente libre de disturbios.
Mis días pasan. Me siento tranquila conmigo.

Me siento un papiro en blanco pero no tengo la intención de escribir. No quiero.
Prefiero esperar.
Desconozco qué estoy esperando, de todas formas.