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Crónica de un martes rosa: Mi pequeña Navidad

Día de franco, manejo hacia la facultad en mangas cortas y con la ventanilla abierta. Es cerca del mediodía, hace un calorcito tibio y el sol no me molesta porque está nublado. ¡Perfecto! me digo y pongo Creedence a un volumen bien alto. "Cotton fields" suena mientras el vientito seca mi peinado Beatle indespeinable. Las agudas curvas me "obligan" a manejar usando al máximo la capacidad de mi auto de absorber inercia, como bien lo describió Rogelio una vez.
Los pastos han rebrotado y está todo verde otra vez. Todo es perfecto. De golpe me siento una diosa. Me siento plena, en el contexto de mi vida vacía.O será que mi vida se está empezando a llenar de cosas nuevas.

Es un día de experiencias nuevas.

Trabajar en el laboratorio es un juego de adultos. Juego a la científica, me pongo guardapolvos para que el ácido sulfúrico no perfore mi ropa si algo sale mal. Juego a meter tierra en frascos, como de niña. Sólo que ahora hay que hacer que parezca cosa seria; hasta los frascos tienen nombre de cosa seria. Erlenmeyers.
Me paso la tarde jugando.

Por la noche voy a un examen parcial, pero no rindo. Presencio la escena desde otro ángulo, sentada en el banco de la profesora. Tomando mate con ella. Me siento en una dimensión desconocida, tengo la sensación de que todo es irreal, un gran holograma, un espejismo.
Hasta que me dormí este martes estuve en un estado anímico similar. Y hasta ahora me dura la resaca de excitación ante lo nuevo y desconocido.

Me asalta un recuerdo asociado a un estado anímico muy parecido. Tendría yo unos seis años, el 24 de diciembre a la noche. Excitación extrema a la espera de que den las doce para correr a abrir los regalos, cuando faltando pocos minutos ya se escuchan fuegos artificiales. Sabiendo que Papá Noel me traería una bici. Correteábamos con mi hermano y mi abuela nos rogaba que tuviéramos cuidado con los adornitos. Era la noche permisiva del año, nos dejaban trasnochar jugando.

Algo parecido es ahora, en mi vida permisiva me pagan por jugar. Y siento la misma excitación casi inexplicable, los martes son mi pequeña Navidad.

Pini Y yo ... (éramos como pan... y mantequilla)

(Texto en coautoría con Mik).





Par de bobas. Porque nos reímos de nosotras mismas, principalmente por eso y porque sabemos aceptar la estupidez que nos adjudican. Sabemos argumentarla elegantemente y eso nos hace más tontas aún frente a aquellos que espían al mundo por el hueco deforme de la cerradura. ¿Lo ves?: Las locas (¡son raras, sí!) juegan a que meditan mientras secan sus zapatillas al sol, las locas leen juntas y se aislan cuando el resto sociabiliza. ¿Qué hace ese par de bobas? ¿Por qué no se pintan y se alisan el pelo?
No nos pusimos el atuendo adecuado y por eso así la noche, por eso y porque nos gusta así. No queríamos aquello del ritual barato, pura monotonía, cosas que pueden conseguirse (sólo y sólo con el atuendo adecuado). Ellas bailaban como quien se obliga a cumplir una labor, con un poco más de esfuerzo pues era preciso mentir. Nosotras, mientras tanto, nos reíamos de eructos y de catrieles en una esquina. O
hablábamos de gramática y ortografía un sábado por la noche, de verbos imposibles frente a un capuccino. O de la Botánica Oculta y los poderes oscuros de la mandrágora. O hacíamos poesía de la canción que Rodrigo le dedica a Maradona. Todos ellos, retrucándole el amor que sus novios les juraban vía celular. Nosotras, con Don Bosco.


...
Nosotras, jugábamos. Y por eso, la risa.
Pero ellos no juegan, ya son adultos. Nosotras, par de bobas
.

Célebre, sí señores.

...
Compartiendo con otros veinte compañeros de la facultad una cena, en un viaje de varios días que una materia organizó, dije una frase célebre. Sí, si. Célebre.
De la cocina traían grandes bandejas y las ponían en el centro de la mesa para que cada uno se sirviera lo que quisiera en su plato. Ese día habían cocinado una pasta muy rara, era como un pionono sin relleno. Rollos con tuco.
Una de las chicas, nadie supo porqué, esa noche se autoadjudicó la tarea de servir la comida a cada uno de nosotros. No había necesidad, porque no éramos boy scouts que nos repartíamos las tareas; en todas las comidas anteriores cada quien se servía a su gusto. Yo me rehusaba a darle mi plato, no me gusta que me sirvan porque sí (porque no me gusta servir a nadie). Aparte me gusta elegir lo que como si tengo la oportunidad, porque soy una maniática de la carne sin grasa, detesto la carne llena de nervios y grasa. Por eso me gustan el vacío y la pechuga de pollo. No porque engorde ni nada de eso, sencillamente no me gusta el sabor pero mucho menos la textura. Me da arcadas la textura de los nervios. Y había un rollito que estaba más doradito, y había una parte en donde se notaba que la salsa era la del fondo de la olla, ésa tan sabrosa que queda pegadita en el fondo.
Y llegó mi turno. Y no sabía cómo decirle que se metiera en sus cosas, que coma en paz y me deje servirme sola. Ella es muy hinchapelotas, y quería servirme a toda costa a pesar de que le había dicho “no, gracias, me sirvo yo” . Y me salió decirle, ya casi perdiendo la paciencia: Quiero elegir mi propio rollo. Y le saqué el cucharón de las manos, si mal no recuerdo.
Hubo dos tipos de reacción de la gente que me rodeaba: unos rieron, otros se quedaron medio duros ante la aparente violencia innecesaria. Sólo una persona supo acatarlo como lo que era: una frase célebre. Sí señores. Mica dijo algo así como “qué buena frase!” . Le respondí “Sí, elige tu propio rollo”, haciendo alusión a la serie de libritos que tanto leí de chica. Y a partir de ahí comenzamos a usar esa frase “Elige tu propio ...(loquesea)” en cualquier contexto.
Hasta que un día ella subió un post sobre los problemas que tenía, y yo le comenté “así es, elige tu propio rollo, en la mesa y en la vida”.
Ella la personalizó, y así quedó: “Choose your own rollo”. En la mesa y en la vida.
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Este post fué inspirado en un comentario de Rogelio. Conozcanlón.
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