Los pastos han rebrotado y está todo verde otra vez. Todo es perfecto. De golpe me siento una diosa. Me siento plena, en el contexto de mi vida vacía.O será que mi vida se está empezando a llenar de cosas nuevas.
Es un día de experiencias nuevas.

Trabajar en el laboratorio es un juego de adultos. Juego a la científica, me pongo guardapolvos para que el ácido sulfúrico no perfore mi ropa si algo sale mal. Juego a meter tierra en frascos, como de niña. Sólo que ahora hay que hacer que parezca cosa seria; hasta los frascos tienen nombre de cosa seria. Erlenmeyers.
Me paso la tarde jugando.
Por la noche voy a un examen parcial, pero no rindo. Presencio la escena desde otro ángulo, sentada en el banco de la profesora. Tomando mate con ella. Me siento en una dimensión desconocida, tengo la sensación de que todo es irreal, un gran holograma, un espejismo.
Hasta que me dormí este martes estuve en un estado anímico similar. Y hasta ahora me dura la resaca de excitación ante lo nuevo y desconocido.
Me asalta un recuerdo asociado a un estado anímico muy parecido. Tendría yo unos seis años, el 24 de diciembre a la noche. Excitación extrema a la espera de que den las doce para correr a abrir los regalos, cuando faltando pocos minutos ya se escuchan fuegos artificiales. Sabiendo que Papá Noel me traería una bici. Correteábamos con mi hermano y mi abuela nos rogaba que tuviéramos cuidado con los adornitos. Era la noche permisiva del año, nos dejaban trasnochar jugando.
Algo parecido es ahora, en mi vida permisiva me pagan por jugar. Y siento la misma excitación casi inexplicable, los martes son mi pequeña Navidad.

