Cuando dejó de ser un bebé y pasó a ser un bebote, cuando me empezó a reconocer y a tirarme los brazos para que lo alce, cuando empezó a comunicarse aunque no podía todavía hablar, pegamos onda. Y en mi afán de proteger desprotegidos, de defender inocentes, comencé a ir más seguido a verlo. Cada vez más. Mi sobrino tendría entonces unos nueve o diez meses. Su madre no tenía la paciencia para ponerlo en el suelo y hacer que camine, y así fue como dió sus primeros pasitos, siempre aferrado de mi mano. En el interín me fui de vacaciones, y cuando volví se había animado a soltar los bordes de los muebles y se había largado a caminar solo. Me miraba al soltarse del borde de la cama para cruzar la pieza, como diciéndome “mirá, lo logré!”. Su madre viajaba a Once a comprar variadas porquerías, en su mayoría encargadas por catálogo, varias veces a la semana. Se iba temprano a la mañana y volvía a la nochecita, y así fue como él se empezó a quedar días enteros conmigo. Le enseñé a juntar balbuceadas para formar palabras, y empezó a hablar. Le daba la mamadera por la mañana y sus respectivas comidas, le cambiaba los pañales, le cantaba para que durmiera la siesta. Terminó mi año lectivo en la facultad, y como tenía una beca no trabajaba. Éso hizo que pasara todavía más tiempo en su casa. Iba casi al mediodía, para asegurarme de que almorzara. Porque su madre no tiene la paciencia para sentarse a darle de comer, y por almuerzo y cena le daba leche a un bebé que necesita comida y de la buena. A la tarde lo llevaba en mi bici a visitar a alguien, a la plaza, a la calesita o simplemente al pasto a jugar. Pasamos tanto tiempo juntos entre su año y dos años y medio de vida que le enseñé a hablar. Ésto es así a tal punto que cuando él le decía algo a su madre, ella me preguntaba a mí qué era lo que su hijo le estaba diciendo. Lo bañaba por las noches, porque su madre sólo lo hacía cada tanto y a mí me dolía verlo dormir todo mugriento. Lo acostaba en la cama y él hacía fuerza para no dormirse porque sabía que yo me iba a mi casa. Esto se repitió muchas veces, hasta que terminó durmiendo en mi casa como mínimo una vez a la semana. Su madre hasta me llegó a decir que lo primero que hacía al despertar era preguntar por mí, y que hasta me nombraba en sueños.
Me metí demasiado en su casa, y cuando estaba a punto de sentarme a hablar claramente con la madre para ver si no le hichaba las pelotas que yo estuviera ahí atendiendo a SU hijo, y que su hijo casi me había adoptado como madre, ella me hizo un regalo por toda respuesta. Porque sí. Como diciendo “gracias por atenderlo, yo me doy cuenta que tiene que ser así pero no puedo hacerlo por razones que ni yo misma entiendo”.
Cuando empezaron las clases nuevamente me tuve que despegar de él. Cuando volvía a verlo y veía que estaba cenando leche chocolatada, pizza o chizitos se me caía el alma. Todos lo veíamos flaco y le pedíamos que lo lleve al médico. Estaba bajo de peso. No servía de nada que yo le haga una cena si almorzaba té o si se pasaba comiendo boludeces todo el día. Y ni hablar de las necesidades emocionales y de cariño. Me dió muchísima rabia, hasta pensé si había posibilidades de sacárselo, por las buenas o por las malas.
Pero me supe poner un freno, me recordé que si yo hasta el día de hoy no tuve hijos propios es porque no quiero tomarme esas responsabilidades que me estaba tomando con un hijo ajeno. No tenía tiempo para darle a un hijo. Porque si se los atiende como lo demandan, es agotador. No sólo física, sinó mentalmente. Y fue por eso que renuncié a la beca y tomé ese trabajo, para realizarme, distraerme y despegarme un poco más de él. Hoy no tengo beca ni trabajo, pero pude dejar de estar tanto tiempo con él, aunque no puedo evitar que cuando nos juntamos a comer se revele contra su madre y venga a comer de mi plato y sentado en mi falda.
En seis meses, ella se separó del padre de sus hijos y se juntó con otro tipo.
Menos mal que no soy médica, porque sinó andaría por la vida atrofiando trompas de Falopio de mujeres como ésta.
“Pina, vas a ser tía otra vez”, me dijo hace unas horas.